domingo, 11 de noviembre de 2012

EL POEMA FAVORITO (Aristóteles España, 1955-2011)



Se fue el poema con sus parodias fantasmales,
estaba en el pie izquierdo de André Bretón,
con sus dedos sucios de nieve y helicópteros,

también historias policiales donde un gnomo
fustigaba al poeta Sócrates Francia en un bar
lleno de pescadores chinos,
de islas con serpientes sin adjetivos,
el hedor a polis cerrada, a prisiones, y humo.

Eran mañanas tristes donde no existía la dulzura,
el amor colgaba de un volantín mojado,
con muñecas llenas de violines,
¡qué maravilla!, los poemas saltaban como ranas,

y se iban caminando sobre el espacio desértico,
con páginas de agua, heredades de frutas

y en el fondo, una hoja en blanco, rota, que fingía ser tordo,
como el pan de endecasílabos quemado en el horno;

entonces, el poema se fue, dejó sillones, honores,
y entró a ese laberinto con moscas y muerte,
cayó en una depresión, dijo, estaba en el techo,
se creía una lechuza, una pierna, la página!

martes, 30 de octubre de 2012

PRESENTIMIENTO (Pedro Prado, 1886-1952)

Todo en mi vida es un presentimiento.
Soy como hoja medio desprendida
que ya la agita, sin llegar el viento;
una hoja temblorosa y conmovida.

Amo, sin verla, clara imagen pura;
y mis ansias, mi angustia y mi tristeza,
sólo esculpen y buscan en la dura
realidad de la vida a la belleza.

Yo sabré quién espera y quién llama,
animando el misterio y escondida,
cuando esta fiebre que a mi ser inflama,
ciña, por fin, la forma apetecida.

De amor humano hacia el amor divino,
voy labrando, sin tregua, mi camino.


 

domingo, 21 de octubre de 2012

AUTORRETRATO DE ADOLESCENCIA (Pablo de Rokha, 1894-1967)

Entre serpientes verdes y verbenas,
mi condición de león domesticado
tiene un rumor lacustre de colmenas
y un ladrido de océano quemado.
              
Ceñido de fantasmas y cadenas,
soy religión podrida y rey tronchado,
o un castillo feudal cuyas almenas
alzan tu nombre como un pan dorado.
              
Torres de sangre en campos de batalla,
olor a sol heroico y a metralla,
a espada de nación despavorida.
              
Se escuchan en mi ser lleno de muertos
y heridos, de cenizas y desiertos,
en donde un gran poeta se suicida.

lunes, 1 de octubre de 2012

LA MAESTRA RURAL (Gabriela Mistral, 1889-1957)

La maestra era pura. "Los suaves hortelanos",
decía, "de este predio, que es predio de Jesús,
han de conservar puros los ojos y las manos,
guardar claros sus óleos, para dar clara luz".

La maestra era pobre. Su reino no es humano.
(Así en el doloroso sembrador de Israel.)
Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano
¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!

La maestra era alegre. ¡Pobre mujer herida!
Su sonrisa fue un modo de llorar con bondad.
Por sobre la sandalia rota y enrojecida,
era ella la insigne flor de su santidad.

¡Dulce ser! En su río de mieles, caudaloso,
largamente abrevaba sus tigres el dolor.
Los hierros que le abrieron el pecho generoso
¡más anchas le dejaron las cuencas del amor!

¡Oh labriego, cuyo hijo de su labio aprendía
el himno y la plegaria, nunca viste el fulgor
del lucero cautivo que en sus carnes ardía:
pasaste sin besar su corazòn en flor!

Campesina, ¿recuerdas que alguna vez prendiste
su nombre a un comentario brutal o baladí?
Cien veces la miraste, ninguna vez la viste
¡y en el solar de tu hijo, de ella hay más que de ti!

Pasò por él su fina, su delicada esteva,
abriendo surcos donde alojar perfección.
La albada de virtudes de que lento se nieva
es suya. Campesina, ¿no le pides perdón?

Daba sombra por una selva su encina hendida
el día en que la muerte la convidò a partir.
Pensando en que su madre la esperaba dormida,
a La de Ojos Profundos se dio sin resistir.

Y en su Dios se ha dormido, como en cojín de luna;
almohada de sus sienes, una constelación;
canta el Padre para ella sus canciones de cuna
¡y la paz llueve largo sobre su corazón!

Como un henchido vaso, traía el alma hecha
para dar ambrosía de toda eternidad;
y era su vida humana la dilatada brecha
que suele abrirse el Padre para echar claridad.

Por eso aún el polvo de sus huesos sustenta
púrpura de rosales de violento llamear.
¡Y el cuidador de tumbas, como aroma, me cuenta,
las plantas del que huella sus huesos, al pasar!

jueves, 6 de septiembre de 2012

EN UNA ESTACIÓN DEL METRO (Óscar Hahn, 1938)


Desventurados los que divisaron
  a una muchacha en el Metro
y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos
y la perdieron para siempre entre la multitud
Porque ellos serán condenados
a vagar sin rumbo por la estaciones
y a llorar con las canciones de amor
que los músicos ambulantes entonan en los túneles
Y quizás el amor no es más que eso:
una mujer o un hombre que desciende de un carro
en cualquier estación del Metro
y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre

sábado, 18 de agosto de 2012

BERNARDO O'HIGGINS RIQUELME (1810) (Pablo Neruda, 1904-1973)



O´HIGGINS, para celebrarte

a media luz hay que alumbrar la sala.

A media luz del sur en otoño

con temblor infinito de álamos.



Eres Chile, entre patriarca y huaso,

eres un poncho de provincia, un niño

que no sabe su nombre todavía,

un niño férreo y tímido en la escuela,

un jovencito triste de provincia.

En Santiago te sientes mal, te miran

el trajé negro que te queda largo,

y al cruzarte la banda, la bandera

de la patria que nos hiciste,

tenía olor de yuyo matutino

para tu pecho de estatua campestre.



Joven, tu profesor Invierno

te acostumbró a la lluvia

y en la Universidad de las calles de Londres,

la niebla y la pobreza te otorgaron sus títulos

y un elegante pobre, errante incendio

de nuestra libertad,

te dio consejos de águila prudente

y te embarcó en la Historia.



"Cómo se llama usted?", reían

los "caballeros" de Santiago:

hijo de amor, de una noche de invierno,

tu condición de abandonado

te construyó con argamasa agreste,

con seriedad de casa o de madera

trabajada en su Sur, definitiva.

Todo lo cambia el tiempo, todo menos

tu rostro.



Eres, O'Higgins, reloj invariable

con una sola hora en tu cándida esfera:

la hora de Chile, el único minuto

que permanece en el horario rojo

de la dignidad combatiente.



Así estarás igual entre los muebles

de palisandro y las hijas de Santiago,

que rodeado en Rancagua por la muerte y

la pólvora.



Eres el mismo sólido retrato

de quien no tiene padre sino patria,

de quien no tiene novia sino aquella

tierra con azahares

que te conquistará la artillería.



Te veo en el Perú escribiendo cartas.

No hay desterrado igual, mayor exilio.

Es toda la provincia desterrada.



Chile se iluminó como un salón

cuando no estabas. En derroche,

un rigodón de ricos substituye

tu disciplina de soldado ascético,

y la patria ganada por tu sangre

sin ti fue gobernada como un baile

que mira el pueblo hambriento desde fuera.



Ya no podías entrar en la fiesta

con sudor, sangre y polvo de Rancagua.

Hubiera sido de mal tono

para los caballeros capitales.

Hubiera entrado contigo el camino,

un olor de sudor y de caballos,

el olor de la patria en primavera.



No podías estar en este baile.

Tu fiesta fue un castillo de explosiones.

Tu baile desgreñado es la contienda.

Tu fin de fiesta fue la sacudida

de la derrota, el porvenir aciago

hacia Mendoza, con la patria en brazos.



Ahora mira en el mapa hacia abajo,

hacia el delgado cinturón de Chile

y coloca en la nieve soldaditos,

jóvenes pensativos en la arena,

zapadores que brillan y se apagan.



Cierra los ojos, duerme, sueña un poco,

tu único sueño, el único que vuelve

hacia tu corazón: una bandera

de tres colores en el Sur, cayendo

la lluvia, el sol rural sobre tu tierra,

los disparos del pueblo en rebeldía

y dos o tres palabras tuyas cuando

fueran estrictamente necesarias.

Si sueñas, hoy tu sueño está cumplido.

Suéñalo, por lo menos, en la tumba.

No sepas nada más porque, como antes,

después de las batallas victoriosas,

bailan los señoritos en palacio

y el mismo rostro hambriento

mira desde la sombra de las calles.



Pero hemos heredado tu firmeza,

tu inalterable corazón callado,

tu indestructible posición paterna,

y tú, entre la avalancha cegadora

de húsares del pasado, entre los ágiles

uniformes azules y dorados,

estás hoy con nosotros, eres nuestro,

padre del pueblo, inmutable soldado.



viernes, 20 de julio de 2012

EN EL CORAZÓN DE UN HOMBRE HAY UNA HERIDA MUY MARCADA (José G. Martínez Fernández, 1949)



lo digo por la luz que afuera marca el ángulo vidrial

de mi departamento

sin ninguna gota de agua o con todas

me he pasado los años mirando el cielo que me negaste

a veces me gusta y a veces me da ira

pero el placer de seguir por tus ríos me llena de una alegría

que quizás sin tu marca nunca tendría

eres esa alegría y eres el dolor, esta herida es muy ancha

y tú la sabes

y es largamente nostálgico sentir que tu mar

está muy lejos en el tiempo

que ya no puedo tener de tu sangre

los sueños de unos niños

que a estos jardines viajarían

y así se me van los días

con la sola idea de ti.