lunes, 13 de abril de 2015

ALGUNAS BESTIAS (Pablo Neruda, 1904-1973)

Era el crepúsculo de la iguana. 

Desde la arcoirisada crestería 
su lengua como un dardo 
se hundía en la verdura, 
el hormiguero monacal pisaba 
con melodioso pie la selva, 
el guanaco fino como el oxígeno 
en las anchas alturas pardas 
iba calzando botas de oro, 
mientras la llama abría cándidos 
ojos en la delicadeza 
del mundo lleno de rocío. 
Los monos trenzaban un hilo 
interminablemente erótico 
en las riberas de la aurora, 
derribando muros de polen 
y espantando el vuelo violeta 
de las mariposas de Muzo. 
Era la noche de los caimanes, 
la noche pura y pululante 
de hocicos saliendo del légamo, 
y de las ciénagas soñolientas 
un ruido opaco de armaduras 
volvía al origen terrestre. 
El jaguar tocaba las hojas 
con su ausencia fosforescente, 
el puma corre en el ramaje 
como el fuego devorador 
mientras arden en él los ojos 
alcohólicos de la selva. 
Los tejones rascan los pies 
del río, husmean el nido 
cuya delicia palpitante 
atacarán con dientes rojos. 

Y en el fondo del agua magna, 
como el círculo de la tierra, 
está la gigante anaconda 
cubierta de barros rituales, 
devoradora y religiosa.

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