¿Qué eres, dulce hermosura, ante los ojos
del mortal que seduces con tu encanto?
Objeto destinado a verter llanto,
juguete de sus pérfidos antojos.
Raro será el que rinda por despojos
a la pura beldad un amor santo;
el hombre engaña, ríe, y entre tanto
siembra bajo su planta mis abrojos.
Tal es tu vida. La mujer hermosa
cual delicada flor, busqué abrigo
de la excelsa virtud, y cautelosa
el prudente temor lleve consigo
y guarde el amor la pura rosa
al esposo feliz, al digno amigo.
miércoles, 22 de abril de 2009
martes, 17 de febrero de 2009
MIRADA RETROSPECTIVA (Guillermo Blest Gana, 1829-1904)
Al llegar a la página postrera
de la tragicomedia de mi vida,
vuelvo la vista al punto de partida
con el dolor de quien ya nada espera.
¡Cuánta noble ambición que fué quimera!
¡Cuánta bella ilusión desvanecida!
¡Sembrada está la senda recorrida
con las flores de aquella primavera!
Pero en esta hora lúgubre, sombría,
de severa verdad y desencanto,
de supremo dolor y de agonía,
es mi mayor pesar, en mi quebranto,
no haber amado más, yo que creía,
¡yo que pensaba haber amado tanto!
de la tragicomedia de mi vida,
vuelvo la vista al punto de partida
con el dolor de quien ya nada espera.
¡Cuánta noble ambición que fué quimera!
¡Cuánta bella ilusión desvanecida!
¡Sembrada está la senda recorrida
con las flores de aquella primavera!
Pero en esta hora lúgubre, sombría,
de severa verdad y desencanto,
de supremo dolor y de agonía,
es mi mayor pesar, en mi quebranto,
no haber amado más, yo que creía,
¡yo que pensaba haber amado tanto!
SONETO (Martín José Lira, 1833-1866)
Eternidad, ¡idea misteriosa!
¿Existe acaso para el alma humana
o es tan sólo una sombra, ilusión vana
que en su sed de vivir al hombre acosa?
¿Es acaso la tumba silenciosa
crepúsculo que anuncia otra mañana,
o la noche sin fin que al hombre hermana
con el inerte polvo en que reposa?
¡La eternidad! ¿Es aéreo monumento
que en su ambición el hombre se ha forjado
para consuelo de su triste suerte?
¿Será también un vano pensamiento
cuanto grande la mente allí ha encerrado,
y sólo eterna y real será la muerte?
¿Existe acaso para el alma humana
o es tan sólo una sombra, ilusión vana
que en su sed de vivir al hombre acosa?
¿Es acaso la tumba silenciosa
crepúsculo que anuncia otra mañana,
o la noche sin fin que al hombre hermana
con el inerte polvo en que reposa?
¡La eternidad! ¿Es aéreo monumento
que en su ambición el hombre se ha forjado
para consuelo de su triste suerte?
¿Será también un vano pensamiento
cuanto grande la mente allí ha encerrado,
y sólo eterna y real será la muerte?
ASÍ QUIERO MORIR (Rosario Orrego de Uribe, 1834-1879)
¡Quién pudiera morir como esa nube
que miro evaporarse suavemente!
Blanca y aérea al firmamento sube
en las ligeras alas del ambiente.
¡Quién pudiera morir como esa estrella,
eclipsarse no más unos momentos,
y volver a brillar, feliz como ella,
en otros azulados firmamentos!
¡Quién pudiera ser rayo de la aurora
y, al declinar la tarde, confundirse
en medio del crepúsculo que dora
la moribunda luz al despedirse!
¡Quién pudiera ser flor y al marchitarse,
el cálice doblar sin agonía,
y aún pálida e inerte al deshojarse
derramar en las auras la ambrosía!
Más yo no soy ni flor, ni nube errante,
ni un astro de esos mundos destellados…
¡Yo tengo un corazón, un alma amante,
que han de ser a pedazos arrancados!
Por eso quiero ser átomo leve,
aliento perfumado de la brisa,
para burlar el sufrimiento aleve
y morir exhalando una sonrisa.
Que en tu seno no más, Naturaleza,
la muerte es un desmayo voluptuoso,
un cambio de expresión y de belleza;
y nada se hunde en eternal reposo.
que miro evaporarse suavemente!
Blanca y aérea al firmamento sube
en las ligeras alas del ambiente.
¡Quién pudiera morir como esa estrella,
eclipsarse no más unos momentos,
y volver a brillar, feliz como ella,
en otros azulados firmamentos!
¡Quién pudiera ser rayo de la aurora
y, al declinar la tarde, confundirse
en medio del crepúsculo que dora
la moribunda luz al despedirse!
¡Quién pudiera ser flor y al marchitarse,
el cálice doblar sin agonía,
y aún pálida e inerte al deshojarse
derramar en las auras la ambrosía!
Más yo no soy ni flor, ni nube errante,
ni un astro de esos mundos destellados…
¡Yo tengo un corazón, un alma amante,
que han de ser a pedazos arrancados!
Por eso quiero ser átomo leve,
aliento perfumado de la brisa,
para burlar el sufrimiento aleve
y morir exhalando una sonrisa.
Que en tu seno no más, Naturaleza,
la muerte es un desmayo voluptuoso,
un cambio de expresión y de belleza;
y nada se hunde en eternal reposo.
HIMNO A O'HIGGINS (José Antonio Soffia, 1843-1886)
¡Honre Chile al patriota sincero,
Al primero en la paz y en la lid,
Y bendiga en sus cantos de gloria
La memoria del bravo aladid!
I.
¡Salve O’Higgins, tu nombre es la gloria
De la Patria que guarda tu amor
Porque ve que tu historia es su historia
Porque ve que tu honor es su honor!
Al mirar que su dicha y su fama
Obra son de tu jenio inmortal
Redentor de su pueblo te aclama
Y se eleva su canto triunfal!...
II.
Cual se templa el acero en la fragua
De las llamas espuesto al furor,
Quiso el cielo templar en Rancagua
Tu entereza y su heroico valor;
Y cual vence con furia altanera
Los peligros el bravo león
Tú salvaste la patria bandera
Con tu apuesta, arrojada, lejión!...
III.
De Los Andes la cumbre dominas
Y el triunfo te lanzas en pos:
Contra el godo tu acero fulminas
Y tu brazo es un rayo de Dios!...
¡Salve O’Higgins prorrumpen con gloria
A la par Chacabuco y Maipú;
Monte y mares repiten “¡Victoria!”
Y su grito despierta al Perú!...
IV.
En endebles esquifes elevas
Con arrojo el feliz tricolor;
¡Su consigna es vencer!… y así pruebas
Que es heraldo del triunfo el valor!...
Van tu héroes con ellos: sus bríos
Hacen libre a la Patria del Sol;
Y flameando en sus propios navíos
Ve tu enseña el vencido español!...
V.
Ese mar que en sus aguas refleja
Tanto propio y ajeno pendón
¡Por tí es libre y un campo semeja
Destinado a la industria y la unión!..
¡Que tu espíritu en él se derrame
Y proteja el trabajo y la paz!
¡Y que aquel que con guerra lo infame
Muera envuelto en su seno voraz!...
VI.
¡Salve, O’Higgins!... La senda sagrada
Que en Los Andes marcó tu corcel,
Por el hilo locuaz señalada
Hoi esperas en sus rocas el riel;
Y mañana al trepar de granito
La ardua cresta bramando el vapor
“¡Paz y Unión” clamará… y ese grito
Será, O’Higgins, tu canto mejor!
Al primero en la paz y en la lid,
Y bendiga en sus cantos de gloria
La memoria del bravo aladid!
I.
¡Salve O’Higgins, tu nombre es la gloria
De la Patria que guarda tu amor
Porque ve que tu historia es su historia
Porque ve que tu honor es su honor!
Al mirar que su dicha y su fama
Obra son de tu jenio inmortal
Redentor de su pueblo te aclama
Y se eleva su canto triunfal!...
II.
Cual se templa el acero en la fragua
De las llamas espuesto al furor,
Quiso el cielo templar en Rancagua
Tu entereza y su heroico valor;
Y cual vence con furia altanera
Los peligros el bravo león
Tú salvaste la patria bandera
Con tu apuesta, arrojada, lejión!...
III.
De Los Andes la cumbre dominas
Y el triunfo te lanzas en pos:
Contra el godo tu acero fulminas
Y tu brazo es un rayo de Dios!...
¡Salve O’Higgins prorrumpen con gloria
A la par Chacabuco y Maipú;
Monte y mares repiten “¡Victoria!”
Y su grito despierta al Perú!...
IV.
En endebles esquifes elevas
Con arrojo el feliz tricolor;
¡Su consigna es vencer!… y así pruebas
Que es heraldo del triunfo el valor!...
Van tu héroes con ellos: sus bríos
Hacen libre a la Patria del Sol;
Y flameando en sus propios navíos
Ve tu enseña el vencido español!...
V.
Ese mar que en sus aguas refleja
Tanto propio y ajeno pendón
¡Por tí es libre y un campo semeja
Destinado a la industria y la unión!..
¡Que tu espíritu en él se derrame
Y proteja el trabajo y la paz!
¡Y que aquel que con guerra lo infame
Muera envuelto en su seno voraz!...
VI.
¡Salve, O’Higgins!... La senda sagrada
Que en Los Andes marcó tu corcel,
Por el hilo locuaz señalada
Hoi esperas en sus rocas el riel;
Y mañana al trepar de granito
La ardua cresta bramando el vapor
“¡Paz y Unión” clamará… y ese grito
Será, O’Higgins, tu canto mejor!
lunes, 16 de febrero de 2009
EL MONJE (Pedro Antonio González, 1863-1903)
FRAGMENTO PRIMERO
I
Noche. No turba la quietud profunda
con que el claustro magnífico reposa
más que el rumor del aura moribunda
que en los cipreses lóbregos solloza.
Mustia la frente, la cabeza baja,
negro fantasma que la fiebre crea,
cadáver medio envuelto en su mortaja,
un monje por el claustro se pasea.
De cuando en cuando de sus ojos brota
un súbito relámpago sombrío:
el trágico fulgor del alma rota
que gime y se retuerce en el vacío.
No lo acompaña en su mortal desmayo
más que la luna que las sombras ama,
que una lágrima azul en cada rayo
sobre las frentes pálidas derrama.
II
El joven. Es su edad del alegro,
la del himno, el ensueño y el efluvio,
en que es terso azabache el bucle negro,
en que es oro bruñido el bucle rubio.
Sin conocer placeres ni pesares,
se alejó del hogar siendo muy niño,
y fue a poner al pie de los altares
un corazón más puro que el armiño.
Algún recuerdo de la infancia acaso
rompe tenaz su místico sosiego
y desata en su espíritu a su paso
huracánidas ráfagas de fuego.
Acaso las borrascas de la tierra
traspasan las barreras de su asilo
y van con ronco estrépito de guerra
a desgarrar su corazón tranquilo...
III
Un día vio en el templo, de rodillas,
desde un triclinio del solemne coro,
una virgen de pálidas mejillas,
de pupilas de cielo y trenzas de oro.
Y su gallarda imagen tentadora
lo persiguió con incesante empeño;
turbó su dulce paz hora tras hora,
en el recreo, la oración y el sueño.
Cuántas veces, orando en el santuario,
no veía florar en su ansia viva,
envuelta en la espiral del incensario,
su fantástica sombra fugitiva.
¡Cuántas veces, con hondo devarío,
allá en las noches de nostalgia loca
no despertaba, trémulo del frío,
buscando el beso ardiente de su boca!
IV
De súbito interrumpe su paseo
y lívido y estático se queda,
y mira con extraño devaneo
la blanca luna que lo lejos rueda.
Y en la cúpula azul de pompa fídica
del templo secular de estilo mágico,
ensaya el ritmo de su voz fatídica
el ave de Satán, el cuervo trágico.
Y los cipreses lóbregos se quejan.
Y al vaivén de sus copas que se alcanzan,
sus siluetas se acercan y se alejan
como espectros fantásticos que danzan.
Y tras los horizontes de Occidente
la luna meláncolica se escombra.
¡Y allá en su corazón el monje siente
crecer la soledad, crecer la sombra!
FRAGMENTO SEGUNDO
I
¿Por qué, por qué, sin fe para el combate,
el alma alada que a la cumbre vuela,
olvida que es espíritu y se abate
cuando la frágil carne se rebela?
¡por qué ludibrio de borrasca loca
la conciencia vacila y gime y calla
cuando el brutal instinto la provoca
a sostener con él recia batalla!
¿Qué hondo misterio es el que el hombre encierra,
que el cuerpo vence al alma en el gran duelo,
siendo el cuerpo una sombra de la tierra,
siendo el alma un relámpago del cielo?
II
Ante el sol inmortal que se levanta
y tiñe el éter de ópalo y de rosa,
el himno eterno de la vida canta
con magnifico ritmo cada cosa.
Mas, ¡ay!, el monje, en su nostalgia muda.
oye sólo zumbar el ala incierta
con que el lóbrego cierzo de la duda
abate las ruinas de su fe ya muerta.
Envuelta en el fantástico sudario
de su austera y flotante saya mística,
se arrodilla temblando en el santuario,
delante de la lámpara eucarística,
Es insondable, es infinito el velo
de la fúnebre noche que le ofusca.
Es un fantasma, es un sarcasmo el cielo;
huye más lejos cuanto más le busca.
III
Después de orar al borde del abismo,
siempre sin esperanza, siempre en vano,
y de sentir la nada de sí mismo,
¡Le abre su corazón a un monje anciano.
Lleno de santa unción y amor profundo,
el viejo monje largo tiempo le habla
de que busque en el piélago del mundo
sólo en la cruz su salvadora tabla.
-¡Ay! -le dice- del ama que blasfema
y que se olvida de su excelso tango,
y que arrastra su fúlgida diadema
y sus cándidas alas por el fango.
EI alma que a sí misma se abandona
y que, entre el mal y el bien el mal prefiere.
rompe el lazo que al cielo la eslabona:
¡vive para Satán, para Dios muere!
IV
Y él le oye. Y en su celda solitaria,
armado de un férula sangrienta,
a compás de una lúgubre plegaria,
verdugo de sí mismo, se atormenta.
En su místico anhelo de vencerse.
lleno de santa cólera se azota,
y de dolor su carne se retuerce
y roja sangre de su carne brota.
Es inútil su bárbaro martirio.
La fiebre estalla en su cerebro luego.
Y a través de las sombras del delirio,
el ve flotar una visión de fuego,
Es la visión de la mujer que adora,
que con su carne pone su alma en guerra,
¡que lo acosa tener hora tras hora,
que lo hace al cielo preferir la tierra!
FRAGMENTO TERCERO
I
Tiende la noche sus flotantes tules
y se envían los astros desde lejos,
a través de los ámbitos azules,
dulces besos de amor en sus reflejos.
Y hunde el monje en el éter infinito
los tristes ojos con afán profundo;
acaso escruta lo que Dios ha escrito
allá en el corazón de cada mundo.
Y bajo el nimbo de su luz risueña,
la blanca luna en cada rayo exclama:
"¡Soy una virgen pálida que sueña,
soy una virgen que se arroba y ama!"
Y ensaya el aura tibia sin sosiego,
en las trémulas copas de los álamos,
ritmos lejanos de ósculos de fuego,
de bocas que se encienden en los tálamos.
II
Hace instantes no más, con que inocencia
la rubia virgen pálida que adora
le abrió ante el tribunal de la conciencia
por la primera vez su alma de aurora.
Hondas huellas de honor en él dejaron
los recios golpes de la lid sin nombre
que en su lóbrego espíritu trabaron
el ministro del cielo con el hombre.
Cada revelación que ella le hacía
era un tremendo vendaval deshecho
que sin piedad crispaba y retorcía
las recónditas fibras de su pecho.
III
-Padre -le dijo-, perdonad mi queja.
Siempre que caigo ante el altar de hinojos,
mi pensamiento del altar se aleja
y se llenan de lágrimas mis ojos.
Al mismo altar, con una audaz porfía
que hace los sentidos se me arroben,
sigue mis pasos, tras la sombra mía
la sombra melancólica de un joven.
Busco la soledad, y en ella vago,
y de amor cada cosa me habla de ella:
me habla de amor la música del lago;
me habla de amor el ritmo de la estrella.
Dadme, pues, padre mío, algún consuelo.
Es ya inútil luchar. Estoy vencida.
¿No es verdad que el amor brota del cielo?
¿No es verdad que sin él no hay sol, no hay vida?
IV
Y el exclamó: -No es éste un gran problema:
Dios manda que ame cuanto ser existe,
Y su mandato es una ley suprema
a cuyo imperio ningún ser resiste.
Pero el amor su fin tan sólo alcanza
cuando con la conciencia se concilia;
cuando es su aspiración y su esperanza
fundar el santo hogar de la familia.
Mas el amor que ofende a la conciencia,
dando pábulo a instintos que la oprimen,
¡deja de ser sagrado, y es demencia,
deja de ser sagrado, y es un crimen!
V
Y el monje suspendió súbitamente
su evangélica plática sencilla,
y una lágrima trémula y ardiente
resbaló sin rumor por su mejilla.
La virgen núbil, por su rostro mudo,
desde el humilde sitio de su alfombra
ver rodar esa lágrima no pudo
porque esa lágrima rodó con la sombra.
FRAGMENTO CUARTO
I
Tarde estival. El cielo se dilata
por el gigante piélago sonoro,
como una inmensa túnica de plata
cuajada de soberbias flores de oro.
Habla todo de Dios: la limpia onda
con su albo nimbo por la playa tiende,
la casta estrella que en la bruma blonda
del pálido crepúsculo se enciende.
II
Cubierto el monje con su tosca saya,
murmurando en silencio: "Dios lo exige",
hacia una agreste aldea, por la playa,
bajo el sol que ya muere, se dirige.
El allá en sus salvajes horizontes
olvidará tal vez sus agrias penas:
respirará la brisa de los montes,
recobrará la sangre de sus venas.
III
Sirve la humilde aldea un cura anciano
que cumple su misión con santo anhelo,
que en cada feligrés ve un tierno hermano
que Dios le ordena conducir al cielo.
Mas ya no puede soportar la carga
de su labor de apóstol y profeta
El peso de la edad ya lo aletarga.
Ya toca el linde de su vida inquieta.
IV
Le dice el monje: Serás tú el baluarte
de la grey que Dios puso a mi cuidado;
tú empuñarás el místico estandarte
que yo abandono, porque estoy cansado.
¡Y el monje le oye y le obedece y calla,
Y con fervor a la labor se entrega.
Y mayor goce en la labor él halla.
mientras mayor abnegación despliega
V
Allá, cuando a lo lejos ya declina
el blanco sol entre celajes rojos,
el monje hacia la playa se encamina,
trémulo el paso y húmedos los ojos.
Sus olas a sus pies el mar prosterna
con ritmo a un tiempo unísono y diverso,
y le habla sin cesar del alma eterna
que difunde la vida al universo.
Del alma que es efluvio en la laguna
y en la undivaga brisa ritmo eólico,
y en la serena, temblorosa luna,
lágrima azul del cielo melancólico.
Del alma que es visión que canta y vaga
allá en la nube trémula y bermeja
y que en la mustia estrella que se apaga
es recuerdo que llora y que se aleja.
FRAGMENTO QUINTO Y ULTIMO
I
En la capilla de la aldea tosca,
denso gentío de entusiasmo lleno
se agita como un piélago que enrosca
a la luz del relámpago su seño..
Ante el altar, el monje se dibuja,
lívido el rostro la mirada triste
extraño el gran tumulto que se empuja,
extraño a todo cuanto en torno existe.
II
Avanzan al altar, con pie seguro
y reflejando en la pupila el cielo,
un apuesto doncel de traje obscuro
y una niña gentil de blanco velo.
El monje los contempla un corto instante
con el hondo y supremo paroxismo
de quien se ve de súbito delante
de la inmensa pendiente de un abismo.
En la diáfana tez de nieve y rosa,
y los bucles aurinos y sedeños,
y el talle de palmera de la esposa,
él descubre a la virgen de sus sueños.
En su fatal, desgarradora cuita,
en vano, en vano en su interior batalla
con el volcán de su pasión que grita,
con el volcán de su pasión que estalla.
III
Se absorbe. Se transporta, y a lo lejos,
desde el místico altar al lecho cálido,
ve marchar bajo un nimbo de reflejos
una novia gentil y un novio pálido.
Y oye entre raudos y variados giros
de misteriosas y argentinas brisas,
aleteos de besos y suspiros
músicas de arrillos y de risas.
Y ve jugar, bajo la luz eterna,
al umbral de un hogar lleno de efluvios,:
sobre el regazo de una madre tierna,
un enjambre auroral de ángeles rubios.
IV
Y tiende a otro horizonte la mirada,
y allá en el pálido confín divisa
una lóbrega celada abandonada
donde una triste lámpara agoniza.
Forman su techo que jamás se alegra
ásperas tablas de nudosos troncos
siempre cubiertos por la noche negra
siempre azotada por los cierzos roncos.
Y a la luz de la lámpara que oscila ve arrodillarse
un monje ante el vacío.
Le ve enjugarse a solas la pupila,
y en su abandono tiritar de frío.
V
Y domina su bárbaro tormento
y la hiel de sus lágrimas devora.
Y a un hombre que no es él, con dulce. acento,
desposa él mismo a la mujer que adora.
Y al soplo del dolor con que está en guerra,
siente su sangre transformarse en hielo,
huir veloz bajo sus pies la tierra:
-sobre su frente derrumbarse el cielo.
Y entonces, ay, a su pupila asoma
la noche allá en su espíritu escondida.
¡Y al pie del ara santa se desploma,
rígido el cuerno, la razón perdida!
I
Noche. No turba la quietud profunda
con que el claustro magnífico reposa
más que el rumor del aura moribunda
que en los cipreses lóbregos solloza.
Mustia la frente, la cabeza baja,
negro fantasma que la fiebre crea,
cadáver medio envuelto en su mortaja,
un monje por el claustro se pasea.
De cuando en cuando de sus ojos brota
un súbito relámpago sombrío:
el trágico fulgor del alma rota
que gime y se retuerce en el vacío.
No lo acompaña en su mortal desmayo
más que la luna que las sombras ama,
que una lágrima azul en cada rayo
sobre las frentes pálidas derrama.
II
El joven. Es su edad del alegro,
la del himno, el ensueño y el efluvio,
en que es terso azabache el bucle negro,
en que es oro bruñido el bucle rubio.
Sin conocer placeres ni pesares,
se alejó del hogar siendo muy niño,
y fue a poner al pie de los altares
un corazón más puro que el armiño.
Algún recuerdo de la infancia acaso
rompe tenaz su místico sosiego
y desata en su espíritu a su paso
huracánidas ráfagas de fuego.
Acaso las borrascas de la tierra
traspasan las barreras de su asilo
y van con ronco estrépito de guerra
a desgarrar su corazón tranquilo...
III
Un día vio en el templo, de rodillas,
desde un triclinio del solemne coro,
una virgen de pálidas mejillas,
de pupilas de cielo y trenzas de oro.
Y su gallarda imagen tentadora
lo persiguió con incesante empeño;
turbó su dulce paz hora tras hora,
en el recreo, la oración y el sueño.
Cuántas veces, orando en el santuario,
no veía florar en su ansia viva,
envuelta en la espiral del incensario,
su fantástica sombra fugitiva.
¡Cuántas veces, con hondo devarío,
allá en las noches de nostalgia loca
no despertaba, trémulo del frío,
buscando el beso ardiente de su boca!
IV
De súbito interrumpe su paseo
y lívido y estático se queda,
y mira con extraño devaneo
la blanca luna que lo lejos rueda.
Y en la cúpula azul de pompa fídica
del templo secular de estilo mágico,
ensaya el ritmo de su voz fatídica
el ave de Satán, el cuervo trágico.
Y los cipreses lóbregos se quejan.
Y al vaivén de sus copas que se alcanzan,
sus siluetas se acercan y se alejan
como espectros fantásticos que danzan.
Y tras los horizontes de Occidente
la luna meláncolica se escombra.
¡Y allá en su corazón el monje siente
crecer la soledad, crecer la sombra!
FRAGMENTO SEGUNDO
I
¿Por qué, por qué, sin fe para el combate,
el alma alada que a la cumbre vuela,
olvida que es espíritu y se abate
cuando la frágil carne se rebela?
¡por qué ludibrio de borrasca loca
la conciencia vacila y gime y calla
cuando el brutal instinto la provoca
a sostener con él recia batalla!
¿Qué hondo misterio es el que el hombre encierra,
que el cuerpo vence al alma en el gran duelo,
siendo el cuerpo una sombra de la tierra,
siendo el alma un relámpago del cielo?
II
Ante el sol inmortal que se levanta
y tiñe el éter de ópalo y de rosa,
el himno eterno de la vida canta
con magnifico ritmo cada cosa.
Mas, ¡ay!, el monje, en su nostalgia muda.
oye sólo zumbar el ala incierta
con que el lóbrego cierzo de la duda
abate las ruinas de su fe ya muerta.
Envuelta en el fantástico sudario
de su austera y flotante saya mística,
se arrodilla temblando en el santuario,
delante de la lámpara eucarística,
Es insondable, es infinito el velo
de la fúnebre noche que le ofusca.
Es un fantasma, es un sarcasmo el cielo;
huye más lejos cuanto más le busca.
III
Después de orar al borde del abismo,
siempre sin esperanza, siempre en vano,
y de sentir la nada de sí mismo,
¡Le abre su corazón a un monje anciano.
Lleno de santa unción y amor profundo,
el viejo monje largo tiempo le habla
de que busque en el piélago del mundo
sólo en la cruz su salvadora tabla.
-¡Ay! -le dice- del ama que blasfema
y que se olvida de su excelso tango,
y que arrastra su fúlgida diadema
y sus cándidas alas por el fango.
EI alma que a sí misma se abandona
y que, entre el mal y el bien el mal prefiere.
rompe el lazo que al cielo la eslabona:
¡vive para Satán, para Dios muere!
IV
Y él le oye. Y en su celda solitaria,
armado de un férula sangrienta,
a compás de una lúgubre plegaria,
verdugo de sí mismo, se atormenta.
En su místico anhelo de vencerse.
lleno de santa cólera se azota,
y de dolor su carne se retuerce
y roja sangre de su carne brota.
Es inútil su bárbaro martirio.
La fiebre estalla en su cerebro luego.
Y a través de las sombras del delirio,
el ve flotar una visión de fuego,
Es la visión de la mujer que adora,
que con su carne pone su alma en guerra,
¡que lo acosa tener hora tras hora,
que lo hace al cielo preferir la tierra!
FRAGMENTO TERCERO
I
Tiende la noche sus flotantes tules
y se envían los astros desde lejos,
a través de los ámbitos azules,
dulces besos de amor en sus reflejos.
Y hunde el monje en el éter infinito
los tristes ojos con afán profundo;
acaso escruta lo que Dios ha escrito
allá en el corazón de cada mundo.
Y bajo el nimbo de su luz risueña,
la blanca luna en cada rayo exclama:
"¡Soy una virgen pálida que sueña,
soy una virgen que se arroba y ama!"
Y ensaya el aura tibia sin sosiego,
en las trémulas copas de los álamos,
ritmos lejanos de ósculos de fuego,
de bocas que se encienden en los tálamos.
II
Hace instantes no más, con que inocencia
la rubia virgen pálida que adora
le abrió ante el tribunal de la conciencia
por la primera vez su alma de aurora.
Hondas huellas de honor en él dejaron
los recios golpes de la lid sin nombre
que en su lóbrego espíritu trabaron
el ministro del cielo con el hombre.
Cada revelación que ella le hacía
era un tremendo vendaval deshecho
que sin piedad crispaba y retorcía
las recónditas fibras de su pecho.
III
-Padre -le dijo-, perdonad mi queja.
Siempre que caigo ante el altar de hinojos,
mi pensamiento del altar se aleja
y se llenan de lágrimas mis ojos.
Al mismo altar, con una audaz porfía
que hace los sentidos se me arroben,
sigue mis pasos, tras la sombra mía
la sombra melancólica de un joven.
Busco la soledad, y en ella vago,
y de amor cada cosa me habla de ella:
me habla de amor la música del lago;
me habla de amor el ritmo de la estrella.
Dadme, pues, padre mío, algún consuelo.
Es ya inútil luchar. Estoy vencida.
¿No es verdad que el amor brota del cielo?
¿No es verdad que sin él no hay sol, no hay vida?
IV
Y el exclamó: -No es éste un gran problema:
Dios manda que ame cuanto ser existe,
Y su mandato es una ley suprema
a cuyo imperio ningún ser resiste.
Pero el amor su fin tan sólo alcanza
cuando con la conciencia se concilia;
cuando es su aspiración y su esperanza
fundar el santo hogar de la familia.
Mas el amor que ofende a la conciencia,
dando pábulo a instintos que la oprimen,
¡deja de ser sagrado, y es demencia,
deja de ser sagrado, y es un crimen!
V
Y el monje suspendió súbitamente
su evangélica plática sencilla,
y una lágrima trémula y ardiente
resbaló sin rumor por su mejilla.
La virgen núbil, por su rostro mudo,
desde el humilde sitio de su alfombra
ver rodar esa lágrima no pudo
porque esa lágrima rodó con la sombra.
FRAGMENTO CUARTO
I
Tarde estival. El cielo se dilata
por el gigante piélago sonoro,
como una inmensa túnica de plata
cuajada de soberbias flores de oro.
Habla todo de Dios: la limpia onda
con su albo nimbo por la playa tiende,
la casta estrella que en la bruma blonda
del pálido crepúsculo se enciende.
II
Cubierto el monje con su tosca saya,
murmurando en silencio: "Dios lo exige",
hacia una agreste aldea, por la playa,
bajo el sol que ya muere, se dirige.
El allá en sus salvajes horizontes
olvidará tal vez sus agrias penas:
respirará la brisa de los montes,
recobrará la sangre de sus venas.
III
Sirve la humilde aldea un cura anciano
que cumple su misión con santo anhelo,
que en cada feligrés ve un tierno hermano
que Dios le ordena conducir al cielo.
Mas ya no puede soportar la carga
de su labor de apóstol y profeta
El peso de la edad ya lo aletarga.
Ya toca el linde de su vida inquieta.
IV
Le dice el monje: Serás tú el baluarte
de la grey que Dios puso a mi cuidado;
tú empuñarás el místico estandarte
que yo abandono, porque estoy cansado.
¡Y el monje le oye y le obedece y calla,
Y con fervor a la labor se entrega.
Y mayor goce en la labor él halla.
mientras mayor abnegación despliega
V
Allá, cuando a lo lejos ya declina
el blanco sol entre celajes rojos,
el monje hacia la playa se encamina,
trémulo el paso y húmedos los ojos.
Sus olas a sus pies el mar prosterna
con ritmo a un tiempo unísono y diverso,
y le habla sin cesar del alma eterna
que difunde la vida al universo.
Del alma que es efluvio en la laguna
y en la undivaga brisa ritmo eólico,
y en la serena, temblorosa luna,
lágrima azul del cielo melancólico.
Del alma que es visión que canta y vaga
allá en la nube trémula y bermeja
y que en la mustia estrella que se apaga
es recuerdo que llora y que se aleja.
FRAGMENTO QUINTO Y ULTIMO
I
En la capilla de la aldea tosca,
denso gentío de entusiasmo lleno
se agita como un piélago que enrosca
a la luz del relámpago su seño..
Ante el altar, el monje se dibuja,
lívido el rostro la mirada triste
extraño el gran tumulto que se empuja,
extraño a todo cuanto en torno existe.
II
Avanzan al altar, con pie seguro
y reflejando en la pupila el cielo,
un apuesto doncel de traje obscuro
y una niña gentil de blanco velo.
El monje los contempla un corto instante
con el hondo y supremo paroxismo
de quien se ve de súbito delante
de la inmensa pendiente de un abismo.
En la diáfana tez de nieve y rosa,
y los bucles aurinos y sedeños,
y el talle de palmera de la esposa,
él descubre a la virgen de sus sueños.
En su fatal, desgarradora cuita,
en vano, en vano en su interior batalla
con el volcán de su pasión que grita,
con el volcán de su pasión que estalla.
III
Se absorbe. Se transporta, y a lo lejos,
desde el místico altar al lecho cálido,
ve marchar bajo un nimbo de reflejos
una novia gentil y un novio pálido.
Y oye entre raudos y variados giros
de misteriosas y argentinas brisas,
aleteos de besos y suspiros
músicas de arrillos y de risas.
Y ve jugar, bajo la luz eterna,
al umbral de un hogar lleno de efluvios,:
sobre el regazo de una madre tierna,
un enjambre auroral de ángeles rubios.
IV
Y tiende a otro horizonte la mirada,
y allá en el pálido confín divisa
una lóbrega celada abandonada
donde una triste lámpara agoniza.
Forman su techo que jamás se alegra
ásperas tablas de nudosos troncos
siempre cubiertos por la noche negra
siempre azotada por los cierzos roncos.
Y a la luz de la lámpara que oscila ve arrodillarse
un monje ante el vacío.
Le ve enjugarse a solas la pupila,
y en su abandono tiritar de frío.
V
Y domina su bárbaro tormento
y la hiel de sus lágrimas devora.
Y a un hombre que no es él, con dulce. acento,
desposa él mismo a la mujer que adora.
Y al soplo del dolor con que está en guerra,
siente su sangre transformarse en hielo,
huir veloz bajo sus pies la tierra:
-sobre su frente derrumbarse el cielo.
Y entonces, ay, a su pupila asoma
la noche allá en su espíritu escondida.
¡Y al pie del ara santa se desploma,
rígido el cuerno, la razón perdida!
HUÉSPEDES ETERNOS (Julio Vicuña Cifuentes, 1865-1936)
Guardo, para alivio de mis penas hondas
en lo más oculto de mi pecho huraño,
una cabellera que se riza en ondas
y unos ojos bellos de color castaño.
Si la reina mía, caprichosa a veces,
me esconde sus gracias -¿desdén, egoísmo?-
por templar el hielo de sus esquiveces,
algo de ella busco dentro de mí mismo.
Y hallo, confundido con mis penas hondas
huéspedes eternos de mi pecho huraño,
una cabellera que se riza en ondas
y unos ojos bellos de color castaño.
en lo más oculto de mi pecho huraño,
una cabellera que se riza en ondas
y unos ojos bellos de color castaño.
Si la reina mía, caprichosa a veces,
me esconde sus gracias -¿desdén, egoísmo?-
por templar el hielo de sus esquiveces,
algo de ella busco dentro de mí mismo.
Y hallo, confundido con mis penas hondas
huéspedes eternos de mi pecho huraño,
una cabellera que se riza en ondas
y unos ojos bellos de color castaño.
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