Padre Nuestro que estás en los cielos,
¡Por qué te has olvidado de mí!
Te acordaste del fruto en Febrero,
al llagarse su pulpa rubí.
¡Llevo abierto también mi costado,
y no quieres mirar hacia mí¡
Te acordaste del negro racimo,
y lo diste al lagar carmesí;
y aventaste las hojas del álamo,
con tu aliento, en el aire sutil.
¡Y en el ancho lagar de la muerte
aún no quieres mi pecho oprimir!
Caminando vi abrir las violetas;
el falerno del viento bebí,
y he bajado, amarillos, los párpados,
por no ver más Enero ni Abril.
Y he apretado la boca, anegada
de la boca que no he de exprimir.
¡Has llagado la nube de Otoño
y no quieres volverte hacia mí!
Me vendió el que besó mi mejilla;
me negó por la túnica ruin.
Yo en mis versos el rostro con sangre,
como Tú, sobre el paño, le di.
Y en mi noche del Huerto, me han sido
Juan cobarde y el Angel hostil.
Ha venido el cansancio infinito
a clavarse en mis ojos, al fin:
el cansancio del día que muere
y el alba que debe venir;
¡el cansancio del cielo de estaño
y el cansancio del cielo de añil!
Ahora suelto la mártir sandalia
y las trenzas pidiendo dormir.
Y perdida en la noche, levanto
el clamor aprendido de ti:
¡Padre Nuestro que estás en los cielos,
por qué te has olvidado de mí!
viernes, 8 de abril de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
P0ESÍA EN FUNCION (José G. Martínez Fernández, 1949)
Hay que hacer la luz.
De alguna manera
hay que abrir una ventana
una puerta
a la luz.
Yo sé que vendrá.
Usted lo sabe.
Y, sin embargo, desesperamos.
Pero abramos las puertas
y las ventanas
y lo más importante el corazón de los hombres
y entrará la luz.
De alguna manera
hay que abrir una ventana
una puerta
a la luz.
Yo sé que vendrá.
Usted lo sabe.
Y, sin embargo, desesperamos.
Pero abramos las puertas
y las ventanas
y lo más importante el corazón de los hombres
y entrará la luz.
sábado, 5 de marzo de 2011
EL AROMO (Jorge Teillier, 1935-1996)
El tiempo lo guardó en su memoria
para soñar con él, en las noches de invierno.
Los labios del tiempo despiertan,
y pronuncian, mojada de lluvia,
la primera palabra que recuerdan.
Y se enciende la llama del aromo
sin temor al viento, sin envidia del sol.
El aromo es el primer día de escuela,
es una boca manchada de cerezas,
una ola amarilla de donde nace la mañana,
un vaso de vino en la mesa de los pobres.
El aromo es un domingo en la plaza de provincias,
es lo que nace de la semilla
de un hueso de niño muerto,
la amistad de las ovejas y el molino
en los viejos calendarios
y la alegría de los brazos
que renacen cuando estrechan el cuerpo de quien aman.
para soñar con él, en las noches de invierno.
Los labios del tiempo despiertan,
y pronuncian, mojada de lluvia,
la primera palabra que recuerdan.
Y se enciende la llama del aromo
sin temor al viento, sin envidia del sol.
El aromo es el primer día de escuela,
es una boca manchada de cerezas,
una ola amarilla de donde nace la mañana,
un vaso de vino en la mesa de los pobres.
El aromo es un domingo en la plaza de provincias,
es lo que nace de la semilla
de un hueso de niño muerto,
la amistad de las ovejas y el molino
en los viejos calendarios
y la alegría de los brazos
que renacen cuando estrechan el cuerpo de quien aman.
miércoles, 23 de febrero de 2011
RUPTURA Y EL PESO DE LA HORA (Christian Formoso, 1971)
Y cuando la hora repentina
de la costumbre
y la desdicha
rompe como ola o muerto
la paz de la tarde,
y separa la vida
en antes y después de esta hora,
como sepulcro o testigo,
como arañando la espalda
o la tierra,
quisiera diluirme
en el suelo,
en la sombra,
en el río de las latitudes
plenas y apartadas
de esta hora que rompe;
y cuando sucede lo súbito;
y las vidas recuerdan
el peso de la hora
como invisible mundo
en el hombro,
en la interminable columna
o vértebra,
de los días postreros y anteriores,
algo se duerme
y algo se tumba,
y las vidas recuerdan
el peso de esta hora
como si hablaran,
como el graznido
o la muerte
de un condenado,
como sentencia.
Nada hay que borre
el temblor de esta hora,
ni el tiempo en su laguna
o arena,
ni agujas,
ni rezos.
Hay desazones y heridas
borbotando,
hay frases marinas,
y temporales.
Cada quien tras la hora
tiene su razón.
Y cuando la hora repentina,
irrumpe
hay desazones y heridas,
como sentencias, como religión, imborrable,
como fe,
diluyendo las luces
para enviarnos
el recuerdo imborrable
de esta hora.
de la costumbre
y la desdicha
rompe como ola o muerto
la paz de la tarde,
y separa la vida
en antes y después de esta hora,
como sepulcro o testigo,
como arañando la espalda
o la tierra,
quisiera diluirme
en el suelo,
en la sombra,
en el río de las latitudes
plenas y apartadas
de esta hora que rompe;
y cuando sucede lo súbito;
y las vidas recuerdan
el peso de la hora
como invisible mundo
en el hombro,
en la interminable columna
o vértebra,
de los días postreros y anteriores,
algo se duerme
y algo se tumba,
y las vidas recuerdan
el peso de esta hora
como si hablaran,
como el graznido
o la muerte
de un condenado,
como sentencia.
Nada hay que borre
el temblor de esta hora,
ni el tiempo en su laguna
o arena,
ni agujas,
ni rezos.
Hay desazones y heridas
borbotando,
hay frases marinas,
y temporales.
Cada quien tras la hora
tiene su razón.
Y cuando la hora repentina,
irrumpe
hay desazones y heridas,
como sentencias, como religión, imborrable,
como fe,
diluyendo las luces
para enviarnos
el recuerdo imborrable
de esta hora.
martes, 8 de febrero de 2011
A UNA NUBE (Pedro Antonio González, 1863-1903)
Blanca nube pegegrina,
¿Dónde el austro te encamina?
Hallas muy dulceal rayo de luna
flotar en el cristal de la laguna?
¿Acaso de otros astros, de otros soles,
anhelas los celajes y arreboles?
¿Que del globo en que moras, blanca nube,
el tedio agotador hasta ti sube?
El soplo de la sangre que él derrama
tus alas de vapor salpica, inflama?
Las notas que se ciernen sobre el suelo
temes que tornen tu vapor en hielo?...
Blanca nube peregrina,
¿Dónde el austro te encamina?
Las corrientes azules llorando, llorando se alejan
por no poder olvidar la colina verde.
¿Dónde el austro te encamina?
Hallas muy dulceal rayo de luna
flotar en el cristal de la laguna?
¿Acaso de otros astros, de otros soles,
anhelas los celajes y arreboles?
¿Que del globo en que moras, blanca nube,
el tedio agotador hasta ti sube?
El soplo de la sangre que él derrama
tus alas de vapor salpica, inflama?
Las notas que se ciernen sobre el suelo
temes que tornen tu vapor en hielo?...
Blanca nube peregrina,
¿Dónde el austro te encamina?
Las corrientes azules llorando, llorando se alejan
por no poder olvidar la colina verde.
viernes, 31 de diciembre de 2010
ÁRBOL (Homero Arce, 1901-1977)
Éste árbol grande que nació pequeño
echó raíces en la tierra dura,
y desde el fondo de su oscuro sueño
sacó el oro terrestre hacia la altura.
Sacó la claridad con dulce empeño
de la tierra y del agua la frescura
del aire ahora rumoroso dueño
a los vientos despliega su estructura.
Alamo del camino, mástil de oro,
navío de las olas forestales,
alta columna de esplendor sonoro,
dame una rama de tu fuerza alada,
un gramo de tus íntimos metales,
y nacerá la luz en mí enterrada.
echó raíces en la tierra dura,
y desde el fondo de su oscuro sueño
sacó el oro terrestre hacia la altura.
Sacó la claridad con dulce empeño
de la tierra y del agua la frescura
del aire ahora rumoroso dueño
a los vientos despliega su estructura.
Alamo del camino, mástil de oro,
navío de las olas forestales,
alta columna de esplendor sonoro,
dame una rama de tu fuerza alada,
un gramo de tus íntimos metales,
y nacerá la luz en mí enterrada.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
EL HOMBRE (Luis Araya Novoa, 1938)
El mar, la cordillera y el desierto
Son del norte de chile los orígenes.
Pero el hombre, que es sol entre los soles,
Es su cosmos total, la tierra entera.
Es la simple palabra antes del eco.
Es el árbol que vence las arenas.
Es la piedra aterida de silencio
Que busca en el sonido su universo.
Sin él, la sal, el cobre, la turquesa,
Vivirían aún su noche turbia.
La tierra aún sería la colmena
De légamo zumbante: pura larva.
El mar no habría abierto sus abismos.
La luz no bajaría de las cumbres
En eléctricos ríos velocísimos
Terminados en deltas de cristales.
Arica no tendría alba de olivas.
Iquique no sería sol de escamas.
Antofagasta, cálida, calama,
Sin nacer estaría: pan de sombras.
Tocopilla, taltal, chuquicamata,
Nunca habrían salido de las dunas.
Chañaral, copiapó se ocultarían
A la espera de juan godoy, el mago.
Ovalle y vallenar, sin rumbo fijo
Navegarían lagos invisibles.
La serena sería aún campana
De brisa fabricada por los pájaros.
Coquimbo dormiría en marejadas
De océano noctámbulo y corsario.
Combarbalá con piel de greda cruda
Se buscaría para hallarse trunca.
Vicuña a la mistral no soñaría
En la palabra auténtica de chile.
Del norte entonces nada se sabría
A no ser por el hombre, que es su fuerza.
Él crea su raíz. Coge el relámpago
Que día a día salva la existencia.
Despierto, clamoroso, persistente,
Siembra su ser, transforma geografías.
Entre el mar y el desierto ordena alturas.
Con su mente corrige los espacios.
Multiplica la luz. Planta alboradas,
Semillas de espigadas primaveras.
El hombre es la mejor veta del norte:
Agua para su sed, sol en su noche.
En él tiene su voz la tierra ardida.
El mar, profundidad, roncos designios.
Son del norte de chile los orígenes.
Pero el hombre, que es sol entre los soles,
Es su cosmos total, la tierra entera.
Es la simple palabra antes del eco.
Es el árbol que vence las arenas.
Es la piedra aterida de silencio
Que busca en el sonido su universo.
Sin él, la sal, el cobre, la turquesa,
Vivirían aún su noche turbia.
La tierra aún sería la colmena
De légamo zumbante: pura larva.
El mar no habría abierto sus abismos.
La luz no bajaría de las cumbres
En eléctricos ríos velocísimos
Terminados en deltas de cristales.
Arica no tendría alba de olivas.
Iquique no sería sol de escamas.
Antofagasta, cálida, calama,
Sin nacer estaría: pan de sombras.
Tocopilla, taltal, chuquicamata,
Nunca habrían salido de las dunas.
Chañaral, copiapó se ocultarían
A la espera de juan godoy, el mago.
Ovalle y vallenar, sin rumbo fijo
Navegarían lagos invisibles.
La serena sería aún campana
De brisa fabricada por los pájaros.
Coquimbo dormiría en marejadas
De océano noctámbulo y corsario.
Combarbalá con piel de greda cruda
Se buscaría para hallarse trunca.
Vicuña a la mistral no soñaría
En la palabra auténtica de chile.
Del norte entonces nada se sabría
A no ser por el hombre, que es su fuerza.
Él crea su raíz. Coge el relámpago
Que día a día salva la existencia.
Despierto, clamoroso, persistente,
Siembra su ser, transforma geografías.
Entre el mar y el desierto ordena alturas.
Con su mente corrige los espacios.
Multiplica la luz. Planta alboradas,
Semillas de espigadas primaveras.
El hombre es la mejor veta del norte:
Agua para su sed, sol en su noche.
En él tiene su voz la tierra ardida.
El mar, profundidad, roncos designios.
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